Cambio de hogar de Sants a Terrassa

Pisos Barcelona

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Barcelona, Patricia Castán.- Irse de Barcelona no ha sido traumático para estas tres familias que habían vivido toda la vida en la capital catalana. Algunos consideran que la ciudad casi les expulsó, a costa de viviendas inaccesibles e hipotecas imposibles. También ambicionaban más espacio y calidad de vida. La adaptación fue rápida en los tres casos y, a día de hoy, no se plantean volver a la gran urbe que un día fue su casa. El traslado les llevó incluso a cambiar de empleo.

La suya fue una mudanza fundamentada en las matemáticas. Las cuentas no salían para un joven matrimonio que instaló su primer hogar, en el 2002, en la calle de Sant Jordi, en Sants, en un minúsculo apartamento de 48 metros cuadrados. Suficiente para afrontar una vida en común, pero agobiante ante la llegada de un hijo y con una sola estancia disponible –aparte de la conyugal– sin una sola ventana.

Sergi García Reche, de 30 años, trabajaba por aquel entonces en un importante hotel de Barcelona. Jamás había pensado en marcharse de su ciudad, pero cuando comenzaron a ver pisos y hacer números, sintieron que Barcelona no era la ciudad en la que escribir un futuro. Buscaban metros, se ilusionaban con una terraza, con una vivienda cómoda en la que ampliar la familia. Pero no encontraban nada por menos de 500.000 euros, rememoran. Así que, poco convencidos, comenzaron a mirar más allá de su ciudad. Sergi lo tenía menos claro. Gemma Deulofeu, con una amiga afincada en Terrassa, apostó por esa ciudad. Y el piso que ocupan, de 90 metros cuadrados y con una terraza de 77, no tardó en aparecer, en el barrio de Sant Pere.
Pagan más hipoteca, advierten, pero mucha menos de la que tendrían sobre sus hombros de haberse quedado en la gran ciudad. A él le costó más adaptarse. Añoró a sus colegas, su rutina, la agitación barcelonesa. Pero la calidad de vida en su nuevo domicilio le hizo escribir un punto y aparte. “Lo más duro ha sido no tener a los amigos, porque la familia sí que viene, pero a los amigos les cuesta más”, explica. Así que de vez en cuando es él quien se escapa a la urbe, donde se queda a dormir si es preciso. Le separan 40 minutos en tren o ferrocarriles, pero la barrera se limita a 20 minutos en coche en horario que no sea punta.

Sergi trabaja ahora en una empresa de exportación, en Granollers. Ella viaja a diario a Sant Cugat. Su horario familiar comienza a media tarde, con poco tiempo para socializar. No desearían volver a Barcelona, “si los pisos bajan”.

elPeriódico.com 04.02.08

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